Alevín A Federado vs. Colmenar Viejo

Por las gracias del calendario nos ha tocado dos partidos seguidos para demostrar de qué pasta estamos hechos: ante el colista y después ante el líder. El primero fue un partido regulero y el segundo sublime.

Definitivamente nos va la marcha. Acabando la primera vuelta el líder solo había perdido un partido y eso porque acudieron con el equipo “B”. Paliza tras paliza han ido haciendo su camino. Y a esas que nos plantamos en Colmenar los diablos rojos, en el mismo estadio donde el año pasado sufrimos una derrota y un aviso de neumonía general por un efecto goteril en las gradas degradadas.

Nuestro equipo ya va siendo como los vinos, lo abres e inmediatamente ya sabes si huele a barrica o está picado. Y desde que el árbitro señaló el comienzo ya nos dimos cuenta de que había salido un gran reserva. Como supimos después, la motivación en la previa surtió efecto y salieron más enchufados que el hijo de un ministro.

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La táctica de inicio era ir a por ellos a su campo, a no dejarles jugar. Salió mejor de lo que se esperaba, pues cuando robábamos no nos quemaba la pelota e intentábamos hacerle daño con llegadas rápidas. Parece obvio que no nos esperaban tan atrevidos, pues perdieron algunos balones por imprecisión.

Metimos un golazo y a punto estuvimos de marcar un segundo, pues el balón salió a dos nanomilésimas del larguero. Cuando nos quisimos dar cuenta había pasado más de la mitad de la primera parte y ahí estábamos, respondones, mandones y dominando el marcador y casi el juego. Pero claro, se es líder casi invicto no por casualidad.

Despertaron el orgullo herido, se recolocaron y comenzaron a tener la pelota. Pensaban, como todos, que todavía quedaba mucho partido, así que sin prisas que ya llegará. Pase por aquí, control por allí y con poca llegada por su parte llegamos al descanso. Media hora por jugar y mucho que rascar. Había que ver la salida y los primeros minutos.

En el descanso se les ordenó cambiar la estrategia: iban a pasar de jugar como el Madrid cuando va al Camp Nou (en algunas ocasiones, claro) a jugar a la italiana, pues entre otras cosas resultaría imposible mantener el ritmo. El líder se puso a tocar y daba gusto verles. No vi un jugador que no tuviera buen pie. Jugaban desde atrás, siempre buscando los laterales, de ahí al centro, intento de profundizar y si no vuelta atrás y a empezar.

Posesiones largas, sin apresurarse, buscando siempre el último y definitivo pase, una asistencia de gol o una diagonal a banda. Ahí es donde más hay que aplaudir a nuestros jugadores, pues parecía un equipo de veteranos sabiendo cada cual cuál era su oficio. Imagino que en posesión se acercarían al ochenta por ciento, pero no recuerdo una ocasión clara de gol. Los nuestros se vaciaron yendo de un lado a otro, basculando y tapando más huecos que Julio Iglesias (según él, claro).

El fantástico equipo de Colmenar lo intentó todo y de todas las maneras, pero una y otra vez iban a morir antes de la cueva del área, como si hubiéramos jugado así toda la vida.

El árbitro prolongó unos tres minutos y al fin llegó la campanada, que considero justa desde el punto de vista de un planteamiento llevado a la perfección por cada uno de nuestros diablos rojos.

Hasta ganamos desde las gradas, donde llegamos a enmudecer a los sorprendidos aficionados locales. Sorprendidos por la batalla en el campo y por la fiereza en tribuna. Aunque tal vez más que sorpresa, algunos pasaran miedo ante nuestros gritos desaforados. La leyenda continúa.

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