Alevín A Federado vs. Las Rozas C

Últimamente lo anglobobo nos coloniza con términos y costumbres como Halloween, Black Friday o St. Patrick’s Day. Pero antes ya nos habíamos acostumbrado al término derby para denominar los encuentros de equipos rivales en cualquier ciudad, aunque su origen venga del Conde de Derby y tuviera relación con las carreras de caballos de Epsom allá por el siglo XVIII.

Llámese como se llame, la rivalidad entre equipos de la misma ciudad o comunidad, o incluso de la misma zona, siempre ha hecho saltar chispas entre los jugadores y sobre todo entre las aficiones. ¿Pero por qué se produce este hecho? Son encuentros entre vecinos y sin embargo la pasión con que se viven tiene poco de amistosos.

Pienso que se debe a esa tendencia animal de marcar el territorio, de dirimir cuál es la tribu que manda, y también de esa tendencia tan humana de sacar pecho, de alzar la cabeza por encima del vecino, esa costumbre tan actual de demostrar al de al lado que nuestra casa es más grande, nuestro coche más potente, el colegio de los niños más caro, y así, nuestro equipo más ganador y por encima en la clasificación.

Creo que tiene que ver con esa proximidad del prójimo, con la histórica relación amor-odio o educación-envidia con los que nos cruzamos en la escalera, en el autobús o en la cola del cine. Es un hecho que si nos va bien nos gusta restregarlo, y a quién mejor que al vecino que pasa por ahí. El ser humano no está preparado para compartir el éxito con los demás.

El éxito no se comparte, se exhibe. Y de eso van los derbys: cuanto mejor le va a uno, peor le va al otro. El triunfo solo se saborea si se lo restriegas al perdedor, es como ganar dos veces. Ejemplos universales son el River-Boca, el Real-Atleti, el Inter-Milan, el City-United, y ya a otro nivel el Cartagena-Lorca o Electrocor-Las Rozas.

Jugábamos como visitantes, aunque lo hiciéramos en el mismo campo en el que actuamos como locales. Semana previa en la que se nota una tensión añadida, un plus con respecto a otros enfrentamientos. Desde que se conoció el calendario teníamos esta fecha marcada en rojo. Y para más emoción llegábamos empatados a puntos en los puestos altos de la clasificación. Vecinos y rivales.

La mayoría de los chicos conocen a alguno o algunos de los rivales, bien de la misma urbanización, bien del mismo colegio o bien por haber coincidido en algún equipo. También ellos notaban la rivalidad pues oyen los comentarios de técnicos y familiares. Y se notó esa presión añadida, pues los primeros diez minutos me recordaron a esos partidos importantes en los que los dos equipos se estudian antes de arriesgar nada por miedo a perderlo todo.

Después de estudiarse, los nuestros, que ya tienen el colmillo suficiente de tantos partidos jugados, se quitaron el respeto ante el rival y se supieron superiores. Fueron a por ellos, con una determinación de equipo hecho y seguro de sus posibilidades. Marcaron el 0-1 y a partir de ahí nuestras piernas fueron cohetes y las suyas flanes. Juego directo, de garra, de ir a por todos los balones, de ganar los divididos, de forzar sus errores.

Una defensa contundente y con oficio (sí, con oficio), un muro que no dejaba pasar ni el aire, un centro del campo tocón, con intención, con ganas de rasear, de abrir, de buscar la profundidad y el espacio, muy vertical. No siempre lo conseguían, pero se les notaba lo que pretendían. Y arriba una pelea continua, un grano para los defensas y un reposo en las ocasiones que había que esperar la llegada de la segunda línea. Como bloque un 10. De la igualdad de los primeros minutos pasamos a ese típico choque en el que claramente se ve a un equipo grande y a otro yendo a remolque.

El sábado el equipo grande fue Electrocor, que con ese juego directo tuvo una media docena de ocasiones clarísimas de ampliar el marcador. Por ganas, autoconfianza y ocasiones merecimos una ventaja amplia. Sin embargo, en la única ocasión más o menos clara que tuvieron forzaron un penalti y empataron. Aun la tuvimos en la última jugada del partido, pero no quería entrar. Lo del empate fue lo de menos, pues todo el que estuvo presente, tanto en el campo como en las gradas, tuvo claro quién fue superior. Lo demás es accidental.

Terminó el partido y los chicos, rivales en el campo y amigos fuera, se buscaron entre ellos, se abrazaron, se dieron las felicitaciones oportunas, se hicieron fotos y se fueron hacia los vestuarios hablando del partido, de sus cosas y de la amistad que les une. Viendo el fair play (no podía terminar sin otro anglobobismo) durante el partido, y la sincera deportividad al finalizar, dan ganas de revisar el concepto de derby para buscar en nuestros vecinos lo que nos une mejor que lo que nos separa.

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