Alevín A Federado vs. Pozuelo B

Lo hemos vuelto a hacer. Sí, tras un gran partido uno más bien flojo, contra un equipo en puestos de cola. Definitivamente nos van mejor los buenos equipos que proponen jugar que los que deciden juntar las líneas, mantener el orden y patadón a ver si suena la flauta en una carrera. Esta vez, al abrir el vino se vio rápidamente que se había picado. Con todo, pude intuir que tal vez haya algo más detrás de los malos partidos.

Que conste, antes de exponer mi teoría, que no se trata de señalar ni traspasar culpabilidades, pues yo soy el primero en entonar el mea culpa. Otras veces hemos presumido de afición, y con razón. Hemos traspasado a los chicos nuestro aliento y ánimo necesario para lograr el triunfo. Sin embargo, en otros partidos, como el del sábado en Pozuelo, creo que nos equivocamos.

Veníamos de ganar en el campo del líder y como estamos ahí arriba en la clasificación nos vemos en la situación de perseguir grandes objetivos. Y en ese deseo nos asoma el exceso de adrenalina y hasta la ira. Por un lado, lanzando sapos y culebras contra el árbitro y, por otro, transmitiendo a nuestros jugadores una energía algo negativa.

Ellos oyen todo, es obvio, somos cuatro gatos, y saben descifrar el tono y la intención de nuestros gritos y mensajes. Lo que pasó por ejemplo este sábado es que aparte de no salir muy enchufados, nuestros gritos desaforados les contagian la responsabilidad y un exceso de compromiso para con sus propios padres y afición en general que les hace jugar en ocasiones acelerados y sin mucho criterio. Y también somos muy dados a ponernos en situación de entrenadores, transmitiéndoles más órdenes que consejos, con lo que sucedió que en alguna falta o pase el jugador oía (a grito pelao) tres formas distintas de golpear la pelota, además de la transmitida por el verdadero y único entrenador.

Lo raro en que no pateara el suelo en lugar de la bola. Sinceramente creo que cuando más nos parecemos a los exigentes aficionados del Bernabéu menos ayudamos a los chicos. Claro que prefiero que se estén jugando quedar entre los primeros, pero no a costa de que salgan en cada partido como si se jugaran la vida y que encima vean en nuestros ojos la frustración cuando no se consigue ganar. El sábado pasado no solo vi ese típico mal partido que sucede de vez en cuando, también pude verlo poco que disfrutaron en el campo, y creo que algo de culpa tenemos nosotros.

Dicho esto sin ningún ánimo de pontificar, me gustaría mencionar, casi frivolizar, de manera anecdótica, la acusación de gafe a uno de los nuestros. Parece ser que últimamente su presencia coincide con los malos resultados, aunque ya nos hemos olvidado de su presencia en tantos otros positivos.

Bueno, yo lo interpreto como una broma más, sin maldad, una broma que debe quedarse ahí antes de que vaya a más. Yo solo he conocido a un gafe, pero de los de verdad, de cruzar los dedos en su presencia. Se trataba de un compañero de instituto al que llamábamos culopito por su forma de caminar. Citaré solo dos ejemplos. Jugando con él al futbolín ganábamos 9-0 para un resultado de 10. Nos dieron en el poste y culopito dijo: “no, si aún vamos a perder”. Sí, han acertado: perdimos 9-10. Ahí va otro. En un día soleado le cayeron dos gotas en la cabeza, seguramente desde un macetero. Dijo: “no, si aún va a llover”.

Al día siguiente tuvimos la mayor inundación en los últimos cincuenta años. ¿Casualidades? Vete a saber que uno no cree hasta que ve ciertas cosas. Cada vez que había examen le preguntábamos qué tema no se sabía o llevaba flojo. Ahí nos veías repasando como locos. Era de cajón: ese tema salía. En fin, aparte de las bromas, no es bueno dejar sambenitos de los que después resulta muy difícil desprenderse, salvo en casos de profesionales como culopito. Por cierto, ¿dónde andará ahora? Mejor no saberlo.

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