Alevín A Federado vs. Rayo Majadahonda B

Atravesamos el Océano para llegar al estadio. En la entrada nos recibió el Capitán Pescanova, que no nos cobró la entrada por no colmar la gota que rebosara el vaso. Dejamos a los chicos vistiéndose sus trajes de buzo y nos pusimos a resguardo en el bar, que para eso están, para servirte cosas y para servirte de refugio. Allí nos hicimos fuertes y desde el interior contemplamos cómo arreciaba la lluvia y cómo temblaban los árboles.

“Me voy a mojar: no creo que se juegue el partido- dije, y sonó a provocación lo del mojar”. “Ya te voy calando- dijo uno de los recién llegados a modo de venganza”. Esperando estábamos la suspensión del partido cuando alguien nos avisó de que ya habían comenzado en otro campo.

No nos quedó más remedio que salir del refugio del garito y exponernos, que mejor es pasar frío que pasar por mal padre. A los cinco minutos ya nos dimos cuenta de que se jugaba el partido pero no se jugaría al fútbol. Eso no era fútbol, quién sabe lo que era.

Hubo un tiempo en que se inventó un extraño juego en campos como Las Gaunas, Ipurúa, Mendizorroza, Atocha… pero que ya dejó de practicarse. Por esos lares inventaron el barrigol, que no se trataba de colar gol con la barriga sino de intentar mover el balón entre el barro, como el cerdo buscando el premio entre el lodazal, haciendo avanzar la pelota metro a metro hasta intentar meter un gol en un área donde no se veían ni las líneas de perímetro.

Los jugadores acababan rebozados en barro, sin pistas ya de qué camiseta vestían y con los rostros tapados. No paraban de gritar para conocerse por las voces. Pero ese sano y vetusto deporte desapareció. Ahora se ha inventado uno nuevo que tiene lugar sobre todo en otoño, en campos con césped artificial.

Consiste en dejar que se encharque el campo y permitir que unos críos de 11 años se jueguen los bronquios y los tobillos porque a la Real Federación le va a costar después cuadrar los partidos aplazados. Puede que me esté metiendo en un charco, pero la Federación debería cuidar más estas cosas, porque suele suceder que solo se ponen soluciones cuando sobrevienen las desgracias.

Otros opinaron que no era para tanto, que de siempre se había jugado lloviendo y que mejor así que luego tener que jugar en un puente. Pues también puede que tengan razón, y es que nunca llueve a gusto de todos.

En el segundo tiempo se formaron algunas piscinas (nada que envidiar a las Lagunas de Ruidera) y alguno solicitó la presencia de socorristas, según ley. Cuando caía alguno de los pequeños más de una voz se pronunció asustada preguntando si hacía pie. Algunos más que oír las voces del míster oían cantos de sirena. Neymar se hubiera vuelto loco de tanto piscinear, y sin jugarse la tarjeta.

¿Que cómo quedaron? Fácil: 0-0. Sumé media ocasión entre los dos. Ninguna conclusión se puede sacar de ninguno de los dos equipos, salvo que los treinta valientes que jugaron explicaron a Zidane el significado de la palabra intensidad. Bravo por todos los chicos y un cero para el que permitió que se jugara al charcopié. Salí como pude y le pedí a Noé que me acercara a casa. Me dijo que ya no admitía más animales, y menos sin pareja.

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