Alevín B vs. Atlético Madrileño G

Ahora comprendo a esos escritores que sienten pánico ante la página en blanco. Eso me sucedió después del partido del sábado. Fue oír el silbato del árbitro y decirme: ¿cómo voy a rellenar una página? No fue pánico, pero sí me dio un poco de ansiedad por esta responsabilidad semanal. Me fui a ver el clásico con la esperanza de que me irían surgiendo ideas. La verdad es que no presté mucha atención al televisor y en el descanso, con el partido ya resuelto a favor del Barça, decidí irme a un sitio tranquilo a la espera de que las musas se portaran mejor conmigo que con el equipo de Benítez.

Qué lugar más tranquilo que una biblioteca, sobre todo a esas horas. Además de dos señoras mayores trasteando en los ordenadores, solo había un empleado cubriendo los servicios mínimos, como si fuera el enfermero de urgencias en la noche de fin de año. Pasó una hora, dos horas, y nada. Continuaba en blanco como los jugadores blancos. Por la noche me preparé una jarra de café, como en los tiempos de estudiante. Nada. Cero. Allí estaba la maldita hoja en blanco y yo con ganas de correr la maratón de Nueva York después de liquidarme la litrona de café. Puse “hola” por poner algo, por desafiar a la página en blanco, para ver si una palabra arrastraba a las demás. Nada. Cero. Al día siguiente me levanté y lo primero que vi fue la hoja en blanco a mi lado. Se me empezaba a acabar el tiempo. Reflexioné. Había que ir al meollo de la cuestión. ¿A qué me recordaba el partido? ¿Cuál podía ser el referente? Creí ver la solución. Me vestí y fui a ver a mi amigo italiano, hincha de la Lazio. La Lazio había empatado a uno contra el Palermo. Ahí estaba. Por suerte, lo había grabado. Vimos el partido: un calco del Atlético Madrileño-Electrocor.

Un partido serio e intenso de Electrocor en la primera parte, con poco fútbol y pocas ocasiones. Una ocasión y un gol. Eso sí, una pared que ni la de Iniesta y Neymar. Cero a uno al descanso y con la sensación de tener el partido controlado. El balón iba de un lado a otro, por el aire, como las granadas en una guerra. Y cada vez que bajaba a tierra nuestros medios y defensas se anticipaban con una energía y concentración extraordinaria. En la segunda parte pasaron todavía menos cosas, y al bajar un tanto la intensidad por el cansancio nos empataron en una jugada aislada.

El balón miraba al cielo y nuestros jugadores al suelo. Nos faltó serenidad, levantar la cabeza y arriesgar el pase en vez de quitarnos la pelota de encima. Lo sabemos hacer. Pese a todo, logramos un valioso empate contra un equipo aspirante. Clavado al Lazio-Palermo. Dos ocasiones, dos goles. Bastaba con mirar la crónica de ese partido y tirar del plagio. Me metí en la página digital de La gazzetta dello sport. En la crónica, el articulista hablaba de un partido memorable, de dos equipos que supieron defenderse con maestría y aprovecharon su única oportunidad. Buena defensa y efectividad al 100%. Tampoco me servía. Me quedaba un último cartucho.

Con el breve análisis que ya tenía, podía completar la crónica con algunas declaraciones de los jugadores al salir del vestuario. Encendí la grabadora y escuché: “ha sido un partido muy disputado, ya se sabe que hoy en día no hay enemigo pequeño”, decía uno; “bueno, sí, estoy contento con mi rendimiento. Lo que tengo que hacer es seguir trabajando para que el míster cuente conmigo”, decía otro. Apagué la grabadora. ¿Qué más contar? 1-1. Dos ocasiones. Balón al aire. Mirada al suelo. Intensidad. Batalla y anticipación. No encontraba nada más.

Tal vez todo se redujera a la palabra más repetida por uno de nuestros aficionados, que acabó realmente afónico: “¡Presión! ¡Presión! ¡Presión!” Se trataba de una arenga a nuestros chicos para que la ejercieran. Yo la interpreté también como una propuesta metafísica, esa presión que nos asfixia en el día a día, o la presión que sentí frente a la hoja en blanco. Hasta que me di cuenta que hay que relativizar más: la vida, los problemas, los partidos de los chicos, mi absurda crónica… Nuestro compañero y amigo de grada en realidad estaba pidiendo al camarero que le pusiera más presión a la cerveza. Ahí sí que está la solución.

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