Alevín B vs. Colmenar Viejo C

Después de esperar una vuelta por fin llegó el partido más esperado, ese que ninguno se quería perder. Nos levantamos a una buena hora y nos desplazamos con excelente talante hacia Colmenar Viejo, donde nos esperaba un sol entre primaveral y veraniego. Un día perfecto para la práctica del fútbol, en territorio amigo, con un entrenador rival todo amabilidad y unos jugadores recitando poesías en el oído de los nuestros. Y en la grada, menudo ambientazo.

Tan contentos que nos quedamos todos a comer en una sidrería. De pronto me desperté y nada volvió a ser lo mismo. No paró de llover en toda la mañana, y después del madrugón de sábado vaya pereza moverte hasta Colmenar Viejo, al otro lado del muro. Allí me encontré con media docena de padres valientes y una sola madre, hay que decirlo (de Raúl), los padres de Mayo, aguantando el frío y la lluvia bajo una cubierta que hacía poco honor a su nombre, pues tenía más grietas que una casa de okupas.

Nos quedaba el fútbol. Pero tampoco. Desde el inicio, los gritos de su entrenador nos dejaron bien a las claras que tocaba visita al dentista. Los niños colmenaviejeros (no sé si está bien dicho) se acordaron de los nuestros y volvieron a cantarle las mismas canciones heavymetaleras. En cuanto al partido en sí, más que fútbol fue una mezcla de tenis y tiro al plato, con nuestras cervicales al ritmo de San Vito, a veces para arriba, a veces de izquierda a derecha y a veces de derecha izquierda, pero nunca para abajo.

La banda de rock duro le tiene tan poco respeto al balón como a los adversarios. De hecho, vimos unas botas de fútbol colgadas de una goma a cinco metros de altura. Alguien comentó que se trataba de las botas del último que le dio por mimar la pelota en ese estadio. Con decir que eran de la época de Bobby Charlton queda todo dicho. Consigna clara: balón suelto, patadón y que los de arriba se busquen las habichuelas. Uno miraba el juego y pensaba lo duro que tuvo que ser el fútbol inglés de los años setenta y ochenta.

Balonazo y a esperar la segunda jugada. Y a todo esto, ¿qué pintaban los nuestros? De nuevo, mimetizados con el entorno. Y como no nos gusta molestar a nuestros anfitriones, en lugar de los antiguos banderines lo que solemos regalar siempre es el primer gol. Lo recibieron con tal alegría que a partir de ahí se acabó lo que se daba.

Metieron a siete (además del portero) detrás de la pelota y cada vez que un balón se dividía zapatazo y hasta luego. Lo curioso es que este equipo va tercero, a tres puntos del líder. Lo que resume un poco lo que ha sido esta liga y esta categoría: basta con que un equipo cuente con un portero medio seguro, una defensa mazacote que no se complica, uno o dos niños rápidos o con toque y un buen tirador de faltas. Suficiente para subir de categoría.

En el segundo tiempo, cuando ya se sabía que no iba a pasar nada más, me conecté al transistor. Al poco oí gritar: ¡GOL, GOL, GOOOOOOOOOOOOOOOOOL, GOOOOOOOOOOOL… EN IPURÚA… MARCÓ EL SESTAO! Y oye, tú, no sé por qué extraña razón del subconsciente, con el paraguas en una mano y el transistor marca Granding en la otra, me creí por un momento teletransportado a la ciudad de Eibar y en los mejores tiempos de Javi Clemente.

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