Alevín B vs. UD Vellón

El domingo, tras la resaca de la final de la Champions, me dio por pensar sobre qué es esto del fútbol y en qué nos convierte a los aficionados. Así que hoy me van a perdonar porque aquí traigo más un pensamiento sociológico que una crónica deportiva concreta. Tras la victoria del Madrid por penaltis me vi dando saltos de alegría como si me hubiera tocado la primitiva.

Por el otro lado, veía en televisión a grupos de atléticos en Milán llorando como si fueran desplazados sirios. ¿Hay algo que explique tanto mi reacción como la de ellos? Supongo que se debe a la sensación de pertenencia, a la identificación con algo tan abstracto como un club de fútbol. ¿Por qué me hice del Madrid y no de otro equipo? ¿Cuándo di ese paso? Ya no me acuerdo, solo sé que desde entonces pertenezco de alguna manera a algo, a unos colores con los que me identifico sin saber muy bien por qué.

No tiene mucho sentido pero así es. Pienso que el fútbol en sí tampoco es un deporte que enamore por su belleza o plasticidad. Es necesario que seas tiffosi de algún equipo porque ahí está la esencia, en la pasión con que vives un partido y con la que te alejas de la neutralidad. De hecho, los partidos que veo con neutralidad me suelen aburrir. Y gracias a esta pasión universalizada el fútbol mueve tantos millones de euros, lo que permite a gente como Cristiano Ronaldo sentirse como dioses ególatras venerados por la chusma. Estos dioses de papel son el auténtico referente de los niños, de nuestros hijos. Y esto me lleva al partido que jugaron por la mañana.

No me gustó nada lo que vi ni lo que sentí. Íbamos ganando tres a cero y nos empataron, pero esto me da igual, es solo el resumen del encuentro. Empiezo con el entrenador rival. Estaba clara la consigna de que jugaran duro para intimidarnos. Nos colaron el primer gol y el entrenador se volvió loco, dando gritos y azuzando hasta que metieron el segundo. Un jugador nuestro cayó lesionado y el tipo se enfadó porque creía que era cuento. Al fin empataron y quienes comenzaron a “desmayarse” fueron sus jugadores.

Son cosas del fútbol, como se dice, pero no me gustan. No me gustó la actitud del entrenador, pero tampoco me gustó verme a mí dedicándole “piropos”, cuando lo único que debía hacer es pensar que qué pobre diablo. Y los chicos rivales se fueron hacia el vestuario cantando y festejando el empate como si hubieran ganado la final de la Champions.

Pues esa actitud nos molestó a todos. Tampoco me gusté por sentir tanta soberbia, como si no tuvieran derecho a celebrarlo, después de pensar que a ese equipo le llevamos 17 puntos y habrán tenido durante el año pocas posibilidades de festejo. Nunca nos ponemos en el lugar de los otros padres. Y no entiendo por qué nos dio un bajonazo por el empate. Un punto, tres puntos: novenos, octavos. De qué estamos hablando. Y tampoco entiendo por qué un porterazo como Saúl tenga que sentirse tan mal o culpable por no darle a un balón que viene botando.

Algo funciona mal cuando sus padres, o los padres de los porteros en general, o si me apuras, de defensas o delanteros, deban sufrir tanto o más que sus hijos cuando éstos cometen algún tipo de error, por llamarlo de alguna manera. Y tampoco entiendo cómo niños lloran desconsolados por la derrota de su equipo.

Algo no me encaja y se me escapa, algo que va más allá de la pasión por un equipo. En algún punto del camino nos olvidamos de que esto es un juego en el que unas veces se gana y otras se pierde, y que es más importante el camino que la meta. Nos ha llevado a un extraño callejón, donde los niños sueñan con un escenario futuro en el que son protagonistas de las glorias deportivas, pero el problema es que el verdadero sueño creo que tiene más que ver con ferraris y mansiones que con el ejercicio, más o menos profesional, de un deporte.

Díganme sino por qué estos sueños triunfales suelen producirse en el fútbol y no en el baloncesto, o el balonmano, por ejemplo. Lo peor de todo es que los padres estamos detrás de esos sueños prácticamente inalcanzables, y soñamos con tener en casa al próximo Messi o al próximo Ramos, sin darnos cuenta que lo que debemos tener, y tenemos, es a un grupo de chicos jugando a un deporte común que les fascina y que les está enseñando (me consta que lo llevan a cabo) a ayudarse unos a otros en momentos en que alguno de ellos lo necesita. Por esos sueños estériles a los padres se nos escapa la bilis y la histeria (me incluyo, por supuesto) en partidos tan “trascendentes” como los que se juegan en la última categoría de alevines de una zona determinada de la Comunidad de Madrid.

Se acaba la liga y no sé qué pasará en el futuro. Lo único que puedo hacer es dar las gracias a Armando y a Carlos por su dedicación y el interés por inculcar nuevas ideas y conceptos futbolísticos a los chicos. Que lo hayan conseguido en mayor o menor medida es opinión de cada cual, pero el esfuerzo desinteresado es lo que aplaudo. Puede que los chicos no sean conscientes ahora, pero este año habrán aprendido unas cuantas cosas que les ayudarán a crecer como personas y como deportistas. Insisto, gracias por todo y os deseo lo mejor en el futuro.

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